Nota: Emilia Gil Villegas   |  Foto: Martín Pravata
El desamor en un mundo de ciencia ficción
24.04.2012 | Sala Ana Frank
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El vuelo del dragón es la segunda parte de la saga de ciencia ficción dirigida por Ariel Blasco, que tiene su origen en Biónica (ganadora en la Fiesta Provincial del Teatro 2011). Ambas obras muestran, desde el humor y el delirio, la ineficacia de la razón para explicar los sentimientos que atraviesan al ser humano.

 

Diskettes, libros Elige tu propia aventura, pósters, un cubo de Rubik, colores fluorescentes… así nos recibe la Sala Ana Frank. Todos esos elementos, acomodados bajo una aparente anarquía, son pequeñas piezas caóticas que, desde lo narrativo, nos están invitando a sumergirnos en la década del 90.

 

Un grupo de ocho adolescentes va a ir colmando el espacio: una especie de búnker o laboratorio en el que se reúnen con la misión de salvar el mundo, cada vez que este lo demande. Situaciones desastrosas y problemas inabordables son resueltos gracias al intelecto y la capacidad de cada personaje, a través de computadoras en red y distintos elementos que sólo pueden ser entendidos en ese contexto.

 

A este grupo se le sumará más tarde Miriam Caló, aquella misma joven que padecía de hemiplejía y fue ayudada por cuatro científicos en el año 1964. Treinta años después de estos sucesos ocurridos en Biónica, aparece en escena para colaborar en las misiones de Los Dragones. La diferencia es que esa Miriam que tanto contrastó con los médicos por su personalidad, ahora aparece menos fresca y cada vez más emparentada con un accionar puramente racional.

 

Palabras cargadas de tecnicismo, lenguaje científico, procedimientos, comprobaciones y errores mezclados con un gran dinamismo y un clima festivo: esa es la atmósfera que se vive en el punto de reunión de los personajes, desde donde se encargan de solucionar todo tipo de conflictos. Ahí mismo, estos veinteañeros sumamente talentosos, a quienes vamos a ir reconociendo y entendiendo gracias a la exageración de sus movimientos atolondrados, nos van a enseñar de manera muy divertida sus diálogos simuladamente vacíos y una gestualidad inmadura.

 

Pero hay algo más allá del espacio científico que los congrega, y son los sentimientos de cada uno. Cada personaje siente un amor no correspondido por otro, producto del cual se convierten en seres sumamente vulnerables que, más allá de tener la capacidad de salvar al mundo, desconocen cómo salvarse ellos mismos. Al igual que aquellos cuatro científicos enamorados en Biónica, son incapaces de explicar algo tan complejo como el amor, desde el lenguaje científico. La diferencia es que la experiencia de estos adolescentes es engañosamente más superficial, pero encarna una dificultad más profunda, íntimamente relacionada con el sentir.

 

Esa falsa superficialidad de los sentimientos y el accionar infantil despertarán la risa en todo momento. Aparecen conversaciones ingenuas que intentarán explicar desde la sudoración de las manos hasta la aceleración del ritmo cardíaco de un enamorado, sin llegar a una conclusión certera.

 

Se va generando una especie de complicidad con las acciones de los personajes, que puede residir en reconocernos a nosotros mismos en lo que estamos viendo y oyendo. Y es más intensa a medida que vamos desentramando los detalles que se nos van presentando.

 

Justamente, toda la puesta en escena está repleta de detalles, de componentes que no están incluidos al azar. La historia, divertida en sí misma, tiene de fondo contenidos que muchas veces no están subrayados, que van más allá de lo discursivo y están ubicados más por cuestiones narrativas. Este aspecto narrativo, sumado a la organización visual del espacio, es lo que construye armónicamente un fuerte lazo con el lenguaje cinematográfico.

 

Esos detalles, que parecen no estar, se fundan precisamente en la negación. Se niega un sentimiento para crear la ilusión de que no existe, pero en definitiva es lo que le da el verdadero cimiento a la historia. Me refiero con esto a ese amor que no se ve; que no se puede explicar; que es negado por temor, por vergüenza, por desconocimiento, por ingenuidad. No se dice nada y a la vez se dice todo. No se hace referencia explícita, sino a través de algunos gestos grotescos o pequeñas demostraciones de afecto que vuelven a tener a una golosina como protagonista. La única alusión verbal relacionada con el “querer”, también es una negación y la manifiesta el personaje de Carola, a viva voz: “No te quiero”.

 

El personaje de Evangelina pareciera escapar un poco de todo esto y nos advierte con razón: “El mundo puede cambiarse en las grandes cosas pero no en las pequeñas”.El vuelo… entonces, nos invita a pensar desde lo micro a lo macro, a empezar por uno mismo para poder entender y modificar lo que nos rodea. Si esto no ocurriese, no servirían de nada una inmensa capacidad intelectual y la manipulación de la técnica, porque no quedaría otro camino que la deshumanización ante tal negación de los sentimientos.

 

La saga completa

 

¿Se puede ver la segunda parte antes de haber visto la primera? Sí, sí se puede. Cada una tiene un valor en sí misma, más allá de estar relacionadas. Es decir que el resultado será idéntico porque son divertidas y entretenidas de principio a fin. Ambas obras se pueden disfrutar por separado y entenderse sin ningún inconveniente mayor.

 

Pero mi experiencia personal me advierte que no, que lo ideal es verlas en orden. Ambos libretos, de William Prociuk (Biónica) y Javier Daulte (El vuelo…), han sido modificados en pequeñas cosas para crear la saga. El combo es genial y está muy bien logrado, con actuaciones impecables. Quienes tuvieron la oportunidad de ver la saga completa, entenderán de qué estoy hablando.

 

Para aquellos espectadores que quieran sumar detalles a las historias, están los blogs: http://www.bionicasrl.blogspot.com.ar y http://www.dragonalvuelo.blogspot.com.ar. Anímense… lejos de ampliar información sobre las obras, los blogs continúan desarrollando historias paralelas que van, sin dudas, más allá de la puesta en escena combinando de una manera bastante insólita la realidad con la ficción.

 

Ficha técnica

 

Elenco: Tania Casciani, Andrea Cortez, Manuel García Migani, Paz Giambenedetti, Mariela Locarno, Francisco Molina, Federico Ortega Oliveras, Diego Quiroga y Elena Schnell como Miriam Caló.

Coreografía: Alejandro Conte.

Escenografía: Diego de Souza.

Vestuario: Gabriela Panasiti.

Diseño de sonido: Fernando Veloso.

Construcción de utilería: Oreste Sacci.

Diseño gráfico: Gabriel Novillo.

Asistencia de Dirección: Margarita Cubillos.

Dirección: Ariel Blasco.

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